Pasan las horas como plomo en el desolado recinto penitenciario tras cuyas torres de vigilancia permanecen cautivos David y Carmen por un delito que él sí cometió, sin que hasta ahora el inocente candor de sus rostros juveniles haya contribuido a ponerles en la calle. La situación empieza a no poder sostenerse; carentes de la experiencia callejera y la madurez psíquica que se requieren para resistir con dignidad semejante trance, David y Carmen malviven de los recuerdos de su vida anterior, una acumulación de amores iniciáticos, despertares a la vida y polvos en camas de agua que hasta ahora les ha permitido mantenerse enteros a base de crear una máscara de normalidad y estupidez que sirva para filtrar tan duro estado de cosas. Pero la inusual crudeza de la vida en el trullo acaba quebrando también este eficaz mecanismo de autodefensa. Es entonces cuando la huida se hace poco menos que obligatoria para nuestros dos sonrosados protagonistas; sin embargo, los grandilocuentes planes de David para excavar galerías y túneles tropiezan una y otra vez con sus casi nulos conocimientos de ingeniería. Mas una inspiración poderosa se les manifiesta por sorpresa una tarde de jueves: a eso de las seis, mientras ambos jóvenes cosen zapatos en el taller de la prisión vigilados de cerca por el trabajador social (Jean Claude Van Damme), Carmen se descuelga con unas bulerías que le enseñó su madre, granadina de Huétor-Tájar. Aunque la jondura de su cante no es muy apreciada por el resto de los internos (los cuales, con la ayuda del trabajador social, manifiestan físicamente su antipatía dejando a la pobre Carmen más maltrecha que un feto), una brillante idea germina en la cabeza de David: ¿por qué no presentarse al festival del cante de Las Minas, ganar el primer premio y aprovechar el follón subsiguiente para salir por patas de allí y pasar a la clandestinidad? Una vez huido, seguro que el gobierno no se atreve a poner entre rejas a una figura del cante español… Para llevar a cabo estos planes necesitan de la ayuda y el consejo del psicoanalista de la prisión (Manolo Escobar), que se compromete a hacer todo lo que esté en su mano para inscribirles en el mencionado festival flamenco. Mientras tanto, fuera de los muros carcelarios el progenitor de David (Pedro Piqueras) ultima su propio plan para sacar a los dos jóvenes de la infame mazmorra en que languidecen: enterado de que en Navaconcejillo de Hinojares (Segovia) la corporación municipal ostenta desde siglos atrás la prerrogativa de solicitar el indulto de un recluso con motivo de las fiestas patronales de San Emeterio de Adrianópolis (afamado canónigo tracio que ya en el siglo XI alertó sobre los posibles peligros de la energía nuclear), este sacrificado padre de familia decide mover los hilos que hagan falta para que sea David el beneficiado por dicho indulto. Nuestro sonriente modelo y actor deberá disputar su libertad con el único preso de Navaconcejillo, el Antonio, condenado a siete años de cárcel por robar el perro de una vecina y venderlo por dos mil quinientas (2.500) pesetas. El Antonio es del pueblo y ha combatido con éxito su adicción a la codeína, pero también es feo y ex drogadicto, así que no debería interponerse en el camino de David, o al menos eso es lo que cree su padre. El hecho es que este buen hombre, con grave riesgo de su integridad moral, utiliza sus múltiples influencias y contactos para conminar al PP local a que acepte pedir el indulto para nuestro joven conductor kamikaze; la consiguiente presión por tierra, mar y aire surte su efecto, y las huestes aznariles navaconcejillenses aprueban por unanimidad que sea David el que reciba la gracia de San Emeterio de Adrianópolis. Sólo hay un problema: el ayuntamiento de Navaconcejillo está controlado por la oposición. Ajeno a todos estos tejemanejes políticos, David sigue en su celda trabajando duro para mejorar su duende y su compás; su pose de cantaor está ya tan conseguida que ha recibido seis ofertas para desfilar en el IV Salón de la Moda Flamenca a celebrar en Ronda el próximo otoño. Pero sus compañeros de reclusión, especialmente los de Huelva y Jerez de la Frontera, siguen manifestando todavía cerriles prejuicios artístico-sociales que les impiden valorar con ecuanimidad los ciclópeos esfuerzos de David; mostrando una profunda incomprensión de los mecanismos sobre los que se cimenta una sociedad compleja, no entienden que quien es joven modelo y actor tiene derecho a triunfar en cualquier disciplina artística. El psicoanalista de la prisión, sin embargo, no se deja influir por estas concepciones trasnochadas de la cultura y sigue peleando por inscribir a David en el festival del cante de Las Minas. Para ello recurre a un primo de su mujer, médico radiólogo y palmero de El Lebrijano, que hizo la mili con el responsable de programación del festival; ni que decir tiene que estas conexiones garantizan a David un fácil acceso al magno evento. Muy lejos de allí, en Las Rozas, el juez Bascoechea (León Flores, José) deniega una y otra vez la libertad condicional al joven cantaor; indignada por la tozuda actitud del magistrado, su secretaria María (Ana Obregón) inicia un meticuloso registro de su despacho en busca de material comprometedor, hallando pruebas irrefutables de su implicación en una oscura trama de venta de armas a guerrilleros afganos. Esperanzada, se dirige a casa del padre de David a compartir con él su descubrimiento, sin tener en cuenta que el paterfamilias de nuestro inocente monstruo de la autopista empezó a labrar su fortuna vendiendo minas antipersonas no sólo a la guerrilla afgana sino también al gobierno de aquel país. Poco dispuesto a que se pongan en cuestión sus humildes comienzos como traficante de armas hecho a sí mismo, el padre de David expulsa de mala manera a María de su casa; en adelante esta esforzada mujer tendrá que luchar acompañada únicamente de su estómago. Entretanto, en Navaconcejillo de Hinojares la familia del único preso del pueblo, el Antonio, se ha amotinado ante la posibilidad de que un chico de Las Rozas (Madrid) arrebate a su pariente la excarcelación; por extraño que pueda parecer, esta arcaica muestra de localismo cejijunto encuentra amplio respaldo entre los lugareños, especialmente en el gobierno municipal, que no duda en sacar de contexto el asunto para zaherir al PP. Desesperado, el padre de David se acuerda de las elecciones de EE UU y solicita un nuevo recuento de los votos emitidos en Navaconcejillo en las elecciones del 99 , pero le contestan que dichas papeletas fueron destruidas hace ya tiempo. A todo esto, David, ya en Cartagena, se ha olvidado completamente de San Emeterio de Adrianópolis, concentradas como están todas sus energías en mostrar su jondura de la forma más vistosa posible. Llegada la hora de exhibirse en el escenario, David y su llamado "cante de Las Rozas" son acogidos con división de opiniones; mientras la crítica musical y los flamencos viejos coinciden en fustigarlo sin misericordia, las fans, siempre más abiertas de mente, lo aclaman como nuevo ídolo. Advirtiendo este último detalle, una importante multinacional del disco ofrece a David un contrato de ocho cifras, con total desprecio del ganador del concurso, el joven cantaor Currito "El Gramófono", así llamado por la fidelidad con que reproduce los cantes señeros de Mairena y del Caracol. Currito "El Gramófono" es además miembro de una de las principales familias flamencas de Murcia, sobrino de Pepe El Fregona, primo segundo del yerno de Fernanda de Utrera y tataranieto de Paco el de Jumilla, el legendario artista que sentó las bases del martinete levantino. La parroquia flamenca murciana, irritada por esta intolerable ofensa recibida en la persona de su más cualificado representante, se enzarza en apocalíptica batalla campal con los ejecutivos discográficos allí presentes, creándose una confusión que nuestro intrépido prisionero aprovecha para salir por patas de acuerdo con su plan. Al mismo tiempo, el padre de David cruza la puerta del Ministerio del Interior para plantearle a Mayor Oreja su caso; el honesto empresario y progenitor de nuestro héroe argumenta ante el ministro que los navaconcejillenses no tienen derecho a enmendar la plana al resto de la nación votando a un alcalde de un partido distinto al PP. Por tanto, el ayuntamiento de Navaconcejillo ha de ser disuelto y sustituido por un gobierno municipal del partido que mejor represente la voluntad de todos los españoles. El ministro, encantado con el razonamiento del padre de David y lamentando no haberlo pensado él antes, declara su disposición favorable a disolver el ayuntamiento de Navaconcejillo y de paso todos los gobiernos municipales y autonómicos no afines al PP que como manchas de sarampión se extienden por todo el país contrariando el sentir de los españoles todos, libremente expresado en las urnas. Lágrimas de alegría brotan en los ojos del honrado traficante de armas al saber que los días del ayuntamiento navaconcejillense están tan contados como los días de su hijo en el trullo. Mas el final feliz que esta historia merece tener está a punto de evaporarse de mala manera; una vez más, Laguillo de Castro, Margarita (en el papel de Pilar Huesca, secretaria de Estado de Instituciones Penitenciarias) va a interponerse de manera decisiva en el camino de David hacia el vuelo libre de los pájaros. Esta astuta y calculadora mujer resulta ser

 

Presión física civilizada: la secretaria de estado de instituciones penitenciarias intentando convencer a Mayor Oreja de que no deponga al alcalde de Navaconcejillo

 

natural de Navaconcejillo, y no ignora el lastre que para su carrera política puede significar el enfrentarse con sus paisanos en un asunto tan vidrioso. De modo que, enterada de lo que nunca debió saber, corre al despacho de su jefe y consigue que revoque la orden de sustitución democrática forzosa del ayuntamiento de Navaconcejillo ( tras una escena memorable en la que Laguillo de Castro, M. se abalanza cual pantera en celo sobre Mayor Oreja, evitando así que firme el crucial decreto). Al padre de David no le da tiempo a sobornar a los ediles de Navaconcejillo para que presenten una moción de censura antes de que decidan indultar al Antonio, único preso del pueblo; tendrá que esperar al próximo año para intentarlo de nuevo. Despojado del privilegio de San Emeterio de Adrianópolis, David, sin embargo, no encuentra obstáculo que le impida proseguir su loca carrera hacia la libertad por los pasillos del auditorio de Cartagena, o al menos eso es lo que sucede hasta que es interceptado por un grupo de setenta y una devotas fans que le acorralan y le retienen hasta que no termine de firmar un autógrafo a cada una de ellas tras haber mojado el papel en su saliva. El fin de su audaz escapada llega en el autógrafo número 46; David asiste lamiendo papelajos a la llegada de los agentes encargados de su custodia, que lo esposan y lo devuelven rutinariamente a la furgoneta que habrá de llevarle de vuelta al trullo. Uno de ellos, abusando de sus funciones, cursa una denuncia por intento de fuga, que habrá de tramitar el pérfido juez Bascoechea. David, cabizbajo, cruza de nuevo la puerta de su celda; sólo el cálido consuelo espiritual de su fiel Carmen podrá salvarlo de tirar la toalla y dedicar el resto de su vida a la metafísica. Los muros del trullo seguirán allí en el próximo capítulo, y David y Carmen también, pero decididos como ahora a seguir luchando porque llegue el día en que él y ella puedan volver a sentir la libertad que emana de conducir un Seat Ibiza en sentido contrario por una autopista sin fin, cortando el viento irrestricto que mesa sus cabellos mientras los dos jóvenes se entregan el uno al otro en incontenible frenesí de amor puro y casto.

 

 

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