

Desde hace
una semana la caótica constelación de satélites de
comunicaciones, estaciones meteorológicas, bases de misiles,
restos orgánicos y chatarra espacial que orbita alrededor de
nuestro único planeta acoge entre sus prietas filas a un nuevo
integrante; se trata del primer hotel cápsula japonés en el
espacio. La historia de la llegada de este establecimiento a las
estrellas no tiene nada que ver con multimillonarios americanos
deseosos de hacer turismo espacial (de hecho, el único cliente
de este hotel no pagará nada en concepto de estancia) . Es más
bien un cuento sobre el azar, las diferencias culturales, los
ritos funerarios y el peculiar sentido de la vida y la muerte que
tan profundas raíces tiene en la cultura nipona. Hiroshige Tuno,
de 55 años, volvía a las dos de la madrugada, hora local, de un
viernes cualquiera de su bien remunerado empleo en cierto
organismo oficial con sede en Tokio. Como Tuno residía a 45 kilómetros
de su lugar de trabajo, se vio obligado a pernoctar en un hotel cápsula
(hotel cuyas habitaciones consisten en una especie de sarcófago
donde el inquilino puede acostarse pero no ponerse en pie) del
barrio de Shinjuku. Estos hoteles, inhumana reducción al absurdo
de la pasión japonesa por el aprovechamiento del espacio, gozan
de un éxito en su país del todo incomprensible para un
occidental a poco que sea algo claustrofóbico. A la mañana
siguiente, Hiroshige Tuno se incorporó y descubrió que no podía
abrir la puerta de lo que a la postre iba a ser su ataúd. Tras
los acostumbrados chillidos de pánico y puñetazos en las
paredes, allí se personaron los administradores del
establecimiento y sucesivamente la policía, los bomberos y hasta
ingenieros nucleares que trataron de quebrar las paredes de la cápsula
utilizando uranio 235 cuando la situación era ya desesperada.
Todo fue en vano; el acero japonés está hecho para durar, y de
qué manera, así que no hubo modo de acceder a la mortal cápsula,
ni siquiera de separarla del resto de las que formaban el hotel;
en consecuencia, llegó un momento en que se dejaron de oír
gritos y golpes y se supo con certeza que Hiroshige Tuno había
fallecido de dantesca asfixia. Sus familiares y compañeros de
trabajo lloraron desconsoladamente la que debió de ser
angustiosa agonía, pasión y muerte de Tuno y, como es costumbre
en Japón, se aplicaron a prepararle unas honras funerarias que
en lo posible limpiaran su memoria y abrieran a su alma las
puertas del paraíso sintoísta. Pero había un problema: la
tradición japonesa es inflexible en lo que se refiere al
cumplimiento de la última voluntad del finado, y la de Hiroshige
Tuno no era precisamente que dejaran pudrirse su cadáver allí
donde menos molestara; el fallecido había dictado muy claramente
que su cuerpo, ya fuera entero o reducido a cenizas, habría de
descansar en el espacio exterior, más concretamente orbitando
sobre la ciudad de Tokio. Para la acaudalada familia de Tuno esto
no hubiera sido un problema si el difunto hubiera cabido en una
urna funeraria convencional; al no poder extraer el cuerpo sin
vida de Tuno del lugar donde había ido a agonizar, los
familiares no tuvieron más remedio que comprar el hotel entero y
seguidamente abonar una cantidad no revelada (pero en todo caso
abultada) de yenes a los responsables del programa espacial ruso;
en todo caso, el hotel cápsula en su integridad fue lanzado la
semana pasada desde el cosmódromo de Baikonur, convirtiéndose
así en el primer edificio turístico en órbita. Se dice que los
dueños del hotel no descartan reabrirlo en su nueva ubicación
en un futuro próximo.
Por estrambótica que pueda parecer esta historia, cosas
similares suceden en Japón todos los días; no hay más que
recordar la suerte del famoso "Retrato del Doctor
Gachet" de Van Gogh, con toda probabilidad incinerado junto
a su propietario tal y como marca la tradición sintoísta. Lo
importante es que esta historia jamás hubiera trascendido ni
llegado a Occidente de no ser por la personalidad de su
protagonista. Hiroshige Tuno, hasta el momento de su muerte jefe
del servicio de estudios y análisis del Banco de Japón, fue
nada menos que el creador del personaje de cómic Reytor, que en
los ochenta precedió a Songoku y los Pokémon como imagen
proverbial de los dibujos animados japoneses. ¿Quién de los que
ahora andan por la veintena no ha jugado alguna vez con los muñecos
de lata que toscamente representaban a Reytor ni ha intentado
reproducir en su cuarto los larguísimos "combates cósmicos"
en los que el intrépido superhéroe se enfrentaba a los enemigos
más insospechados, desde periódicos hasta escobas? Los pocos
fanáticos reytorianos que aún subsisten en un globo terráqueo
hostil a sus creencias recibieron atónitos la noticia de la
muerte de Tuno; el motivo de su sorpresa no fue tanto el óbito
en sí como saber que el mismísimo factótum de Reytor había
acabado sus días desempeñando el gris oficio de economista..
Sin embargo, una mirada más detenida nos hace ver que el giro de
Hiroshige Tuno de la creatividad a la contabilidad tiene una
explicación mucho más fácil de lo que parece; en realidad, su
historia es de las que sirven para retratar a una generación.

Revolución
cultural: Tuno concentrándose para crear Reytor a finales de
1978
Hiroshige Tuno nació el 3 de marzo de 1946 en Tokio, quinto hijo del tormentoso enlace entre un profesor de física de la universidad de la capital japonesa y una de las videntes más famosas de Asia; el pequeño Hiroshige hubo de soportar el divorcio de sus padres estando él a punto de cumplir siete años, lo que le convirtió en la víctima propiciatoria de la humillación y el maltrato de sus compañeros de clase. Los continuos abusos de que era objeto por parte de su padre, un reaccionario imperialista frustrado porque su edad, estatura y alcoholismo le hubieran impedido defender la bandera del sol naciente en la II Guerra Mundial, se unieron con lo anterior para cincelar a hierro y fuego la personalidad del joven Tuno, generando en él una peculiar visión del mundo que más tarde habría de salir a la luz en forma de obra creativa. Con un esfuerzo sobrehumano dadas las circunstancias, Hiroshige Tuno se licenció en 1969 en Economía por la Universidad de Tokio, doctorándose en 1972 con una tesis titulada "La inevitabilidad de la concepción materialista de la historia en Extremo Oriente". Un año después, Tuno entró a trabajar en la Sony como "Shinjoko-ku", que significa "hormiga que va en fila con otras hormigas arrastrando una y otra vez granitos de arena para la construcción del hormiguero" y que equivale a lo que en Occidente llamamos trabajador de una cadena de montaje. Era habitual en Japón por aquella época que los jóvenes aspirantes a directivo entraran en las fábricas como trabajadores rasos para impregnarse del espíritu de la empresa y proyectar en los demás obreros el espejismo de que un trabajo duro y eficaz posibilitaba ascender rápidamente en la compañía. Mientras tanto, el padre de Tuno se convertía en una celebridad nacional al comprar una cadena de doce universidades en Estados Unidos y convertirla en sólo dos años en la empresa educativa más importante del país. Fue por eso que Hiroshige Tuno duró poco en su empleo de "Shinjoko-ku"; a los seis meses la compañía lo envió a Filipinas como "Iraguchi-no", que significa "Perro rabioso que muerde a las sucias hormigas extranjeras" y equivale a lo que en Occidente llamamos jefe de personal. Allí fue donde nuestro hombre entabló contacto directo con la explotación y la miseria de los obreros en el sureste asiático, adquiriendo conciencia plena de la ineludible responsabilidad de las multinacionales japonesas en esta tragedia. La clarividencia de Tuno le llevó incluso a distinguir la sombra de un imperialismo nipón de nuevo cuño en la actuación de las empresas de su país en Filipinas y en otros países; el ejército imperial ya no existía, pero millones de personas seguían en la esclavitud, obligadas por la fuerza de los yenes a fabricar en serie los productos electrónicos de bajo nivel que los japoneses se habían vuelto demasiado ricos para producir. Asqueado de las inmorales funciones que se veía obligado a desempeñar, Hiroshige Tuno volvió a Japón y abandonó la empresa, convirtiéndose a partir de ese momento en los que sus compatriotas llaman "Kawaguchi-to". que significa "lobo que por abandonar la manada se transforma en rata despreciable" y que equivale a lo que en Occidente llamamos vagabundo. De esta guisa anduvo Tuno levantando polvo por los caminos de su archipiélago natal, durmiendo en las calles, en parques, en albergues, en contenedores de basura y bajo el cielo raso las más de las veces, contrayendo neumonías y diarreas de manera más o menos regular y conociendo a otros rebotados del sistema japonés que como él erraban por las carreteras buscando su ser profundo. Convertido de esta manera en personaje de Hermann Hesse, Tuno iba discutiendo con quien encontrase en su singladura todo tipo de ideas, teorías y filosofías alternativas, ya fueran políticas, artísticas, religiosas o espirituales, en la que el japonés medio de entonces no tenía tiempo de pensar ya que estaba demasiado ocupado construyendo su afamado milagro económico. Fue en esos días erráticos, allá por 1975, cuando, tumbado bajo las estrellas en un prado no demasiado lejos del monte Fuji, Hiroshige Tuno tuvo una inspiración: el espacio le ayudaría a difundir sus pensamientos. En su periodo en los caminos Tuno había aprendido que a las masas no se las puede ilustrar a base de hacerles leer sesudos volúmenes teóricos marxistas; habiendo asimismo entendido la importancia de la imagen como elemento comunicativo en las sociedades contemporáneas, Tuno tuvo clarísimo desde el principio que el instrumento para transmitir su ideario debía ser un cómic de ciencia-ficción. Sin arredrarse ante el hecho de que hasta entonces sus contactos con el dibujo se reducían a los gráficos que como economista había tenido que trazar, Hiroshige Tuno fue avezándose en las mañas del cómic, y a principios de 1977 tuvo listos los primeros bocetos de un personaje al que llamó "Reytor", como una marca de licor de arroz de oferta que había visto en un supermercado. Los infinitos contactos de su familia abrieron a "Reytor" las puertas de las exigentes editoriales japonesas de cómic y el 7 de abril de 1977 la revista "Asahi Ishizukuo" publicaba la primera entrega del personaje, "Reytor contra los transistores del abismo".

Una deslucida imagen de Hiroshige Tuno tocando la batería en fecha indeterminada pero antigua(aún no era economista)
Y después,
la locura, Si Hiroshige Tuno había querido crear un personaje de
éxito masivo que trasladara el marxismo a las masas, con Reytor
lo había conseguido con creces, 32 millones de álbumes, que se
dice pronto, vendió el cómic de Tuno sólo en el primer año,
multiplicando por cuatro la tirada de la revista que lo
publicaba. Japón nunca había visto nada igual; ni los más
eruditos tenían noticia de la existencia de un personaje que se
pareciera aunque fuera remotamente a Reytor, ese inolvidable
robot con cara de adolescente pillado en plena masturbación,
hijo de una pila eléctrica adornada por un contundente bigote
que la dotaba de una extraña imagen paternodespótica y de una
especie de ser mitológico con cabeza de cabra y cuerpo de oveja
que hacía las veces de madre. No menos inusual era el planeta
del que Reytor era nativo: un mundo de forma cúbica encerrado en
una burbuja circular cuyo paisaje consistía en una serie de
casas unifamiliares todas idénticas separadas por cuadrículas
de calles de diez metros de ancho con amplias aceras y coches
norteamericanos de los años setenta, todos iguales, aparcados a
los lados. No debe pasarse por alto el detalle de que las casas,
las calles y los coches formaban parte de la estructura geológica
primigenia del planeta; eran, pues, tan naturales como puede
serlo en la Tierra un volcán o un océano. En lo que se refiere
a los habitantes de tan singular cuerpo celeste, eran todos como
el padre y la madre de Reytor; la reproducción de la especie se
efectuaba por medio de la inserción de la correspondiente pila
con bigote en el orificio reproductivo de un determinado híbrido
de oveja y cabra. Merece la pena detenerse en la figura paterna
de Reytor, ese ser autoritario que imponía invariablemente su
ley de hierro a pesar de que su única posibilidad de comunicarse
pasaba por el frotamiento selectivo de los pelos de su mostacho;
no es baladí tampoco el hecho de que Reytor es el primer ser
nacido en su planeta que no es ni pila con bigote ni híbrido de
oveja y cabra. Ser el único individuo diferente en un planeta
tan conservador complica sobremanera la vida de Reytor; harto de
aguantar que su padre le recrimine gastar energía y no generarla
como él, el entrañable robot perpetra un acto revolucionario:
ARRANCA UNO DE LOS COCHES APARCADOS Y RECORRE 200 METROS CON ÉL.
Ante el escándalo formado por el iconoclasta desplazamiento del
vehículo y su consiguiente persecución por miles de iracundas
pilas con bigote y ovejas con cuerpo de cabra, Reytor no tiene más
remedio que abandonar su planeta y lanzarse al espacio exterior a
desfacer entuertos. Allí se enzarza en lo que Hiroshige Tuno
llamó "combates cósmicos", titánicas luchas que
pueden durar cientos de millones de años y que acaban con la
victoria de aquel que consigue producir en serie al otro
(soterrada alusión al modelo económico japonés de entonces).
Visto desde nuestros días, Reytor tenía todos los ingredientes
para cosechar un triunfo rápido y masivo, al menos en Japón: su
barroquismo argumental era en cierto modo precursor de lo que sería
años más tarde el "manga", aunque en un contexto
completamente distinto, limpio de sexo y violencia, que le abriría
las puertas y los corazones de una fervorosa audiencia infantil,
y su temática de ciencia-ficción lo enlaza con los hitos
japoneses del género, como "Mazinger Z" (acaso lejana
inspiración de Tuno cuando creó "Reytor") y
"Bola de Dragón". Contrariamente a éstos,
"Reytor" podía aspirar a cierta respetabilidad
intelectual debido a los temas que trataba, a su velado mensaje
político y a lo complejo y delirante de sus argumentos. Así
pertrechado, Reytor era imbatible, y Hiroshige Tuno se hizo
acreedor a todos los homenajes, parabienes, elogios y chupadas de
miembro con que la industria japonesa del espectáculo pudiera
obsequiarle.Que otras divisiones del negocio de la fama y las
lucecillas se interesaran en el aclamado monstruito era sólo
cuestión de tiempo; el tiempo pasó y llegó el 25 de marzo de
1980, día en que la televisión japonesa emitió el primer capítulo
de la serie de dibujos animados "Reytor". Si el éxito
del cómic había sido descomunal, el de la serie acabó eclipsándolo;
la cadena que la estrenó acabó emitiendo seis capítulos al día
e incluso sustituyendo las noticias por los susodichos dibujos
animados, de modo que hubo aldeas en el Japón rural donde los
ancianos creyeron a pies juntillas que Reytor iba a venir a la
Tierra a salvarles. Reytor había conquistado Japón; le quedaba
aún pendiente la conquista del mundo, objetivo que cumplió con
creces en la temporada 1981-82, cuando el hijo de la pila con
bigote llegó a Estados Unidos. Allí, el personaje insignia de
Hiroshige Tuno dejó a la altura del betún a aquellos que decían
que una serie marxista no podía triunfar en América; para
consternación de telepredicadores y anticomunistas patológicos,
Reytor arrasó en los hogares, en las jugueterías y en las
tiendas de camisetas, como después sucedería en el Reino Unido,
Alemania y Francia. En España aterrizó en la temporada 1983-84,
y en su mejor época llegó a congregar a nueve millones de niños
y adolescentes frente a la pantalla. La locura reytoriana al sur
de los Pirineos llegó a tal punto que en 1985 un escolar de la
localidad de Médanos del Navia cortó el dedo meñique a un
compañero de clase, según dijo para clonarlo y producirlo en
serie (suceso que por cierto desmiente la tan extendida idea de
que los actos de demencia infantil-juvenil son algo exclusivo de
nuestra época).
Pero hubo algo en lo que Reytor fracasó estrepitosamente: no sólo
no consiguió transmitir el mensaje marxista que su autor quería
difundir, sino que arrastró a su creador al campo contrario. En
un principio Hiroshige Tuno quiso seguir con su estilo
verdaderamente bohemio y sus ropas de indigente, pero se ve que
no lo logró; años después contaría que varias veces había
estado a punto de abandonar Japón de incógnito junto a su compañera,
a la que había conocido en sus años de vagabundeo, para irse al
desierto de Arizona a predicar el advenimiento de la era
espacial. Si esos fueron de verdad sus planes, nunca lo sabremos;
lo cierto es que Tuno se quedo en Japón y hacia 1979 él y su
esposa eran dos estrellas más del firmamento televisivo de aquel
país, día tras día yendo a fiestas y firmando autógrafos cual
si fueran los príncipes de Mónaco. Aún así, las sucesivas
entregas del cómic "Reytor" seguían destilando la
misma mala hostia; era como si Tuno se quisiera vengar sutilmente
del estilo de vida que el éxito le había impuesto. Las dos
primeras temporadas de la serie de dibujos animados mantuvieron
las marcas de fábrica primigenias de Reytor: dislocación
argumental y crítica política sutil pero corrosiva. Pero como
la ley de Murphy es más verdad de lo que normalmente se cree,
estas características se fueron difuminando sin prisa pero sin
pausa; hacia 1983 la serie "Reytor" albergaba la misma
locura e intencionalidad política que, digamos, un disco de
Michael Jackson. Al final, la sociedad acabó venciendo a Reytor
con sus mismas armas; producido en serie y transformado en
producto para consumo de masas, el personaje acabó convirtiéndose
en una caricatura de sí mismo.
Probablemente harto de la rutina de máquina de hacer dinero en
que había caído su personaje estrella, Hiroshige Tuno decidió
desmarcarse y alumbrar un nuevo proyecto en una vena que nadie
hubiera esperado de él en aquel momento: en 1986 publicó
"La verdad sobre los tubos de metacrilato", cómic sin
personaje protagonista que los expertos definieron en su momento
como un cruce entre las primeras viñetas de "Reytor",
la estética tecno-siniestra de los ochenta y "El
proceso" de Kafka. "La verdad está en los tubos de
metacrilato", hoy inencontrable, produjo en su época un
efecto parecido al de Ricky Martin editando en nuestros días un
disco de metal industrial ; el público, hambriento de otro
personaje que guardara con Reytor la misma relación que Marco
con Heidi, quedó confundido con esta enésima pirueta de
Hiroshige Tuno y no compró el cómic, y la crítica se cebó con
el ex hippie y entonces ex economista por, según se dijo en la
época, "carecer de la suficiente categoría como artista
para emprender un proyecto de semejante envergadura".

La
famosa foto de Hiroshige Tuno en su primer día como agente de
bolsa (5 de mayo de 1987)
Puede que
"La verdad está en los tubos de metacrilato" no haya
podido resistir el implacable paso del tiempo, puede que fuera sólo
una patética fusión de todo lo que se consideraba
"moderno" en 1986, o puede que fuera una obra maestra
incomprendida por adelantada a su época; el experto en cómics
de EL ENGENDRO no está capacitado para emitir un juicio al no
haber hallado el menor rastro del cómic de marras. Lo que sí es
seguro es que la fría acogida dispensada a "La verdad está
"
abrió de par en par a Hiroshige Tuno las puertas de salida del
mundo de la historieta. Parecía que el repertorio de quiebros de
Tuno se había agotado y que el conocido dibujante se disponía a
pasar el resto de su vida en el tranquilo edén de los hippies
millonarios californianos, pero no; el imprevisible Hiroshige
todavía conservaba intacta la capacidad de burlar el propio
destino, o al menos eso podía parecer, y en 1987 sorprendió a
todo dios al anunciar que acababa de ingresar en una importante
consultora como analista de cotizaciones bursátiles. Para
explicar tan desconcertante cambio de vida, Tuno adujo que su próximo
cómic iba a tratar sobre el despiadado mundo de los agentes de
bolsa y que quería documentarse. Mas pasaron los meses sin que
la mentada historieta estuviera finalizada; de hecho, Japón
todavía la está esperando, aunque suponemos que ahora no con
mucho fundamento. Dos años después Tuno reconoció que había
abandonado su proyecto de historieta sobre los brokers,
justificando su permanencia en el mundo de las finanzas con la
excusa de que estaba intentando reunir dinero para abrir su
propia editorial. Tales razones causaron estupor, pues todo el
mundo suponía que Hiroshige Tuno, como creador y dibujante de
Reytor, tenía apalancados en sus cuentas corrientes los
suficientes yenes como para abrir ocho editoriales, una discográfica
multinacional y una fábrica de automóviles si fuese menester.
En todo caso, hoy es el día en que no se sabe nada de la
supuestamente proyectada editorial de Tuno, y dadas las
circunstancias dudamos mucho de que algún día se sepa algo. En
1994 Hiroshige Tuno pasó al Banco de Japón, donde rápidamente
hizo carrera; todavía por aquella época el creador de Reytor
anunciaba su propósito de "compaginar el cómic con la
economía". No sonó muy creíble, puesto que para entonces
hacía ya ocho años que Hiroshige Tuno no aportaba nada nuevo al
mundo de la viñeta. Fue en 1998 cuando Hiroshige Tuno se dejó
de monsergas y se sinceró por fin en declaraciones al
"Financial Times" (hacía mucho tiempo que se negaba a
conceder entrevistas a publicaciones culturales): "Como jefe
del servicio de estudios y análisis del Banco de Japón me avergüenzo
profundamente del tiempo que hice perder a mi país con el
personaje "Reytor" y del tiempo que yo mismo perdí en
ocupaciones frívolas como el cómic, por no hablar de los años
que permanecí en la indigencia chupando de mi patria cual
despreciable parásito. Cometí también un grave error al
dejarme seducir por el ponzoñoso perfume del marxismo, perfume
que traté de hacer inhalar a las jóvenes generaciones, aunque
afortunadamente éstas fueron más sabias que yo y me lo tiraron
a la cara. A pesar de que Reytor lleva generados 634.000 millones
de yenes desde aquel aciago día en que lo creé, los cálculos
de mi servicio de estudios apuntan a que yo, dedicado a una
ocupación econométrica convencional según los parámetros
habituales, hubiera conseguido aportar directa o indirectamente
83.226 millones de yenes a la economía nacional, a lo que hay
que añadir 8,177 billones de yenes en horas de trabajo perdidas
por culpa del maldito Reytor; esto arroja un saldo negativo para
Japón de 7,626 billones de yenes, saldo del que soy en cierto
modo responsable . Estimo que la sociedad japonesa, en un acto de
generosidad que en ningún caso merezco, perdonó hace tiempo mis
pecados de juventud; espero que estas palabras sirvan para
reflejar con toda intensidad mi arrepentimiento y contrición."
Nosotros no lo hubiéramos expresado mejor. Estas declaraciones
pasaron en general desapercibidas, pero los que las leyeron
supieron que alguien había muerto e iniciaron una oración por
su alma, o lo que hagan en Japón en vez de eso. Y ya no hay nada
más para ser narrado hasta llegar al fatídico hotel cápsula,
que certifica la muerte física y legal de Tuno.
Muerto el creador de Reytor, la opinión generalizada es que Japón
ha perdido a uno de sus economistas más competentes; el descenso
del 1,4% en el índice Nikkei, el aumento de la inflación hasta
los dos puntos y la subida de los tipos de interés hasta nada
menos que el 5,75% anunciada tras la reunión mensual del Banco
de Japón con la Reserva Federal y el BCE son síntomas claros de
que la ausencia de Tuno va a volver a Japón mucho más pobre.
Algunos hay que dicen que Japón ya era mucho más pobre antes de
que Tuno muriera, por culpa precisamente de gente como él. Otros
todavía ven viejos capítulos de Reytor en las mismas cintas de
vídeo en que los grabaron allá por los primeros ochenta. Otros
van a misa los domingos. Otros escriben una revistilla apátrida
llamada EL ENGENDRO e incluso osan publicar en sus páginas la
obra cumbre (mayormente por ser la única) de Tuno, ahora más
descatalogada que los grandes éxitos de Rick Astley. La historia
habrá de juzgarnos por ello; vosotros en todo caso nos podéis
tirar zanahorias. O más retorcido aún, disfrutar de Reytor y
sus combates cósmicos

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