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Especial Duelo al Sol Propiedad del Club Bilderberg-Renovación de Atuendos y Congelación de Cerebros y Salarios, parte III

18 diciembre 2015

ALBERT RIVERA: Y en este caso mi estilo también es otro distinto del estilo del señor Pujol y del señor Rajoy, porque como decía cierto ilustre prohombre aragonés que ya casi nadie recuerda, yo creo en la iniciativa privada y me parece un despilfarro utilizar el dinero público en intentar obtener un tratamiento favorable en los medios de comunicación. Ciudadanos no necesita comprar a los medios para que le traten bien, porque ha sabido externalizar esa función y ha desarrollado modelos exitosos de colaboración público-privada en los que son las empresas las que financian que se hable bien de Ciudadanos en los medios de comunicación a cambio de determinados servicios que un futuro gobierno de Ciudadanos prestará a esas empresas para el bien del país. No sé si se entiende lo que quiero decir, y a veces pienso que es mejor que se entienda de forma distinta a la literal, pero yo ahí sólo veo eficacia y sinergias productivas donde los otros se dedican al despilfarro.
PABLO IGLESIAS: En mi caso, como creemos que el 15M nos ha enseñado algo aunque su modelo político horizontal y descentralizado estuviese totalmente obsoleto como dijo Lenin, pienso que una política eficaz de medios de comunicación debe basarse en la autogestión. No se necesita apenas dinero público para crear redes de cibervoluntarios y propagandistas que repitan las consignas del partido y salgan al paso de los argumentos derrotistas de la casta; bueno, el PP dice que sí necesita dinero público para crear sus redes de cibervoluntarios, pero nosotros sabemos que para crear un aparato eficaz de agitprop que ponga el rostro del líder hasta en la sopa y humille a los contrarios y a los tibios basta con un crowdfunding corriente y moliente. Yo creo que el dinero que supuestamente emplea el PP para crear redes de cibervoluntarios va a una caja B y se reparte en sobres…
LUIS BÁRCENAS: Eso es una calumnia, Pablito. El dinero de la caja B del PP se usaba para actos en condiciones, de ésos que Paquito Correa sabía montar tan bien. Nosotros nos enorgullecemos de nuestro indiscutible savoir faire, y no íbamos a ir por ahí perdiendo dinero en esas mierdas cutres de Internet. Quien ha participado en una campaña electoral sabe que cuando no se puede apelar a la ética para conseguir votos es necesario apelar a la estética. Y no quiero señalar, pero con tanto que se habla del mal olor de la corrupción, aquí hay quien tiene pinta de no lavarse mucho, y ni es Juan Antonio, ni es Mariano, ni soy yo…
JUAN ANTONIO ROCA: Muy razonable observación, Luis. Y tú, Pedro, ¿no tienes nada que decir del PSOE, o en nombre del PSOE?
PEDRO SÁNCHEZ: Yo lo único que puedo decir es que el PSOE para estas cosas sigue confiando en la seriedad de los medios de comunicación acreditados internacionalmente; quiero decir, a nosotros siempre nos ha ido bien con “El País”, menos en el caso de Zapatero, que prefería “Público” porque hacía caso de los consejos de los socialistas catalanes, y así le fue.
ALBERT RIVERA: El problema que tiene tu estrategia, Pedrito, es que siempre puede llegar quien pague más, y eso es precisamente lo que acaba de pasar, porque ahora mismo el cash no está en las arcas del Estado…
JUAN ANTONIO ROCA: Como anécdota que os animará a echaros unas risas tengo que contaros que en este tema los responsables del Taburete Metafísico Sin Patas se han preguntado si no sería posible que los políticos dejasen de intervenir en los medios de comunicación para garantizarse una imagen favorable, o que los medios de comunicación se negaran a dejarse influir. Y yo ahí tengo que decir que en esas cosas se nota que el Taburete Metafísico sin Patas es un programa de humor. Habrán perdido gracia últimamente, pero a veces tienen golpes de cierto ingenio, no se puede negar. Y con esta simpática nota de color pasamos ya a los alegatos finales, que si no no nos va a dar tiempo…

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I Concurso de Cartas al Director del Taburete Metafísico Sin Patas: entradas notables

5 julio 2012

Carta al Director 162:

Señor director, he observado que últimamente el ser humano, ya habite el vergel de las Europas o la floresta abisinia, ya esté versado en la obra de Ortega y Gasset o se dedique a cazar con lanza, se encuentra en el nadir de su decadencia. Platón, San Agustín de Hipona, Diderot y Erasmo de Rotterdam no conocieron época tan terrible como la nuestra, ya que ellos, si habían de enfrentarse a la violencia inherente a todo ser humano, se enfrentaban a avezados espadachines, expertos esgrimistas, curtidos tercios de Flandes y épicos guerreros persas. Así pudieron ellos legarnos gloriosas páginas sobre la condición del hombre: nosotros, en cambio, al hacer frente al inevitable hecho de la violencia, no lo veremos encarnado en un lansquenete con penacho, sino en un púber montado en su ciclomotor, expresándose como un babuino y dando más vueltas que un marica en una festividad local, si en estos tiempos de censura relativista se me permite la expresión. Supervivencia de los más aptos, decía Darwin; la nostalgia, que es el dolor por lo perdido y por lo que no se pudo ganar, me hiela las articulaciones al recordar aquel tiempo en que la teoría de Darwin no tenía validez, por cuanto no sobrevivían los más aptos, sino aquellos que libremente decidía Dios a través de su ejército de hombres de fe, tonsurados y frailes, todos soldados del Libro desde el más humilde sacristán hasta el más insigne arzobispo. Un ejército de hombres de fe que firmaba cartas de recomendación y certificados de buena conducta con eficacia clínica, propulsando hacia las altas jerarquías a aquellos que ya estaban en ellas, tal vez incompetentes desde el punto de vista técnico, pero de probada fibra moral y ausencia total de melindres éticos según los entiende la moral racionalista que tanta devastación ha causado, pues a ella debemos el calamitoso estado de la Naturaleza que Dios nos dio. Sostuve antes que la nostalgia me hiela las articulaciones: en verdad no sé si es la nostalgia o la decadencia corpórea que suele anteceder a la partida de esa nave que nunca ha de tornar, como decía el rojo aquél. No se me pida que considere como míos estos tiempos en que se falta al respeto al Obispo, se circula en bicicleta teniendo cuartos suficientes para pagar un automóvil o se ponen en solfa verdades como aquella que decía que a un hombre se le recibe por cómo lleva el traje de luces y se le despide por la hombría que muestra cuando se las ha de ver con el toro. ¿Cómo es posible, señor director, una sociedad que pretenda sustentarse sobre sólidas bases y sin embargo olvide estas verdades del barquero? Poco me queda por ver ya, pues yo fui de aquéllos que tomó las armas cuando el Glorioso Alzamiento y ya empieza a hacer bastante de tal efeméride, pero auguro que de aquí a poco nuestra civilización, asentada sobre bases tan dudosas, correrá la suerte de Sodoma y Gomorra, de Roma y de unas cuantas más. De antiguo llevo distinguiéndome como taumaturgo, y mis advertencias no deben ser ignoradas, sino publicadas en el periódico de su digna dirección. El que avisa no es traidor.

 

Carta al Director 028:

Señor director, he observado que últimamente ya no habitamos en la Edad de Oro que conocimos antaño; Internet ha arrasado los fundamentos de la sólida civilización que nos educó y nos hizo hombres. Yo, que me precié de antifranquista en mi juventud, he de maravillarme ante los efectos nefarios de la caída del que creíamos indocto legislador y vesánico tirano, que hoy, en cotejándolo frente a los electos por la turbamulta sin desbastar, se nos aparece como dignísimo gobernante y uomo qualunque que nos trajo las suecas. Bajo Franco, y eso es algo que el periódico de su digna dirección no tendrá empacho en reconocer, había películas de Fellini, de Ava Gardner y de Marlon Brando; digo yo que eso algo tendrá que ver. Bajo Franco, la juventud podía inventarse un pasado como luchadores contra un régimen despótico y atrabiliario, patentizando ante las siguientes generaciones la inconmensurable heroicidad que suponía y sigue suponiendo enfrentarse a unas instituciones supuestamente desconocedoras de los más elementales derechos del ser humano, arriesgarse al enclaustramiento en mazmorras ora gélidas como las aguas del Atlántico Norte, ora húmedas y asfixiantes como marisma en lo que la clasificación de Koppen llama zona tórrida, mazmorras tan exiguas de espacio que un lactante no pudiera extender su mano sin hallar la pared, tan oscuras que todo sujeto confinado en ellas diera en creer desde un principio que se ha quedado ciego, y aún esto, sin ser verdad en las etapas iniciales de su encierro, se acabase convirtiendo con toda seguridad en hecho cierto, pues bien sostienen los galenos que la retina se resiente al no recibir luz durante semanas y meses. Bien digo que nosotros nos podíamos presumir supervivientes de tan atroz régimen, incluso aunque nunca hubiéramos recorrido el negro itinerario de sus cloacas; yo mismo nunca lo he recorrido y presumo de ello, y usted, señor director, también, ya que ninguno de los que realmente estuvieron en tales túneles ha sobrevivido para contarlo, y si queda algún superviviente le hemos callado la boca para que no nos atormente con un relato mucho menos literario que el que a nosotros nos gusta referir, si bien incomparablemente más apegado a los hechos. Sabe usted, señor director, que ahora sería imposible filmar “La dolce vita” de Fellini, porque sus protagonistas están muertos o son ya ancianos, y los coches que aparecen en la película ya sólo se ven en museos del automóvil. Marcello Mastroianni es un fiambre, y el mismo Fellini cría malvas desde hace ya décadas. ¡Si hasta Anita Ekberg, que tanto onanismo provocó, tiene ya casi ochenta años! Esa es la decadencia a la que me refiero. El paso del tiempo nos cuartea inexorablemente, situándonos ante una desgarradora e irremisible decadencia. No sabemos qué quedará.

 

 

Carta al Director 613:

Señor director, he observado que últimamente, digamos hace ya como cuarenta y cinco años, la carne de pollo no presenta el sabor que otrora la hizo famosa entre lo más granado de los gourmets. No sabemos de dónde vienen los pollos; no sabemos quiénes son los pollos, ni nos importa. Nosotros, señor director, no somos de campo; nunca hemos visto un pollo, pues en ciudades donde impere el más elemental sentido de la civilidad es impensable toparse con un pollo, sea de granja o salvaje, cruzando un paso de cebra o adquiriendo un hebdomadario en una expendiduría de prensa. De esta suerte, señor director, nosotros hemos de confesarnos incapaces de distinguir un pollo de una vaca, fuera de lo que decían los libros de la escuela elemental, de los cuáles, válganos el Señor, ya no nos acordamos; contrariamente a lo que suele suponerse de quienes hace ya tiempo dejaron atrás sus años mozos, no proceden nuestros ancestros del medio rural, ni hay entre ellos agricultores, ganaderos, jornaleros, guardeses de finca o cazadores recolectores. Nosotros somos personas de selecta cuna, cuya estirpe lleva habitando la urbe desde tiempo inmemorial; podemos decir con orgullo que nuestros antepasados no se han manchado los pies de barro desde que hay baldeo callejero y limpieza pública si hacemos abstracción de las batidas de caza a las que a la sazón asistieron según la costumbre vigente en los círculos sociales que gustaban de frecuentar, batidas en las que huelga decir que no se cazaban pollos, pues hubieran constituido piezas de caza muy menor. Damos estas razones para que no se nos confunda con ecologistas ni grupos de amantes de las ciencias naturales interesados en las condiciones de vida de los pollos, las cuales, señor director, no nos llaman la atención lo más mínimo, porque imaginamos que los pollos se caracterizan por un repertorio de temas de conversación sumamente limitado, y hasta el más instruido de ellos ignora la relevancia histórica de Voltaire, Parménides o Menéndez y Pelayo (don Marcelino). Por eso nos los comemos. No ignoramos, en cambio, que su sabor ya no es el mismo que nuestros paladares disfrutaban en aquellos remotos días en que el incontrolable florecer de la juventud nos embriagaba. Y es que, señor director, no es igual el sabor de la carne cuando se sabe que ese deleite es regalo de Dios a nosotros solos, que el limpiabotas no lo disfruta, ni el chófer de autobús tampoco. ¿Qué podemos encontrar ahora que nos retrotraiga a aquella sensación de paladear la ambrosía de los clásicos? Cuesta encontrar hoy algo así en el supermercado, porque en general la comida que encontramos está a precios asequibles para un obrero de factoría. ¿Qué hemos de inventar, entonces? ¿Hemos de irnos a África con lanza y cazar rinocerontes? Somos ya muy mayores para eso, señor director. Zapatero, haz algo por una vez en tu vida. (más…)