I Concurso de Cartas al Director del Taburete Metafísico Sin Patas: entradas notables

Carta al Director 162:

Señor director, he observado que últimamente el ser humano, ya habite el vergel de las Europas o la floresta abisinia, ya esté versado en la obra de Ortega y Gasset o se dedique a cazar con lanza, se encuentra en el nadir de su decadencia. Platón, San Agustín de Hipona, Diderot y Erasmo de Rotterdam no conocieron época tan terrible como la nuestra, ya que ellos, si habían de enfrentarse a la violencia inherente a todo ser humano, se enfrentaban a avezados espadachines, expertos esgrimistas, curtidos tercios de Flandes y épicos guerreros persas. Así pudieron ellos legarnos gloriosas páginas sobre la condición del hombre: nosotros, en cambio, al hacer frente al inevitable hecho de la violencia, no lo veremos encarnado en un lansquenete con penacho, sino en un púber montado en su ciclomotor, expresándose como un babuino y dando más vueltas que un marica en una festividad local, si en estos tiempos de censura relativista se me permite la expresión. Supervivencia de los más aptos, decía Darwin; la nostalgia, que es el dolor por lo perdido y por lo que no se pudo ganar, me hiela las articulaciones al recordar aquel tiempo en que la teoría de Darwin no tenía validez, por cuanto no sobrevivían los más aptos, sino aquellos que libremente decidía Dios a través de su ejército de hombres de fe, tonsurados y frailes, todos soldados del Libro desde el más humilde sacristán hasta el más insigne arzobispo. Un ejército de hombres de fe que firmaba cartas de recomendación y certificados de buena conducta con eficacia clínica, propulsando hacia las altas jerarquías a aquellos que ya estaban en ellas, tal vez incompetentes desde el punto de vista técnico, pero de probada fibra moral y ausencia total de melindres éticos según los entiende la moral racionalista que tanta devastación ha causado, pues a ella debemos el calamitoso estado de la Naturaleza que Dios nos dio. Sostuve antes que la nostalgia me hiela las articulaciones: en verdad no sé si es la nostalgia o la decadencia corpórea que suele anteceder a la partida de esa nave que nunca ha de tornar, como decía el rojo aquél. No se me pida que considere como míos estos tiempos en que se falta al respeto al Obispo, se circula en bicicleta teniendo cuartos suficientes para pagar un automóvil o se ponen en solfa verdades como aquella que decía que a un hombre se le recibe por cómo lleva el traje de luces y se le despide por la hombría que muestra cuando se las ha de ver con el toro. ¿Cómo es posible, señor director, una sociedad que pretenda sustentarse sobre sólidas bases y sin embargo olvide estas verdades del barquero? Poco me queda por ver ya, pues yo fui de aquéllos que tomó las armas cuando el Glorioso Alzamiento y ya empieza a hacer bastante de tal efeméride, pero auguro que de aquí a poco nuestra civilización, asentada sobre bases tan dudosas, correrá la suerte de Sodoma y Gomorra, de Roma y de unas cuantas más. De antiguo llevo distinguiéndome como taumaturgo, y mis advertencias no deben ser ignoradas, sino publicadas en el periódico de su digna dirección. El que avisa no es traidor.

 

Carta al Director 028:

Señor director, he observado que últimamente ya no habitamos en la Edad de Oro que conocimos antaño; Internet ha arrasado los fundamentos de la sólida civilización que nos educó y nos hizo hombres. Yo, que me precié de antifranquista en mi juventud, he de maravillarme ante los efectos nefarios de la caída del que creíamos indocto legislador y vesánico tirano, que hoy, en cotejándolo frente a los electos por la turbamulta sin desbastar, se nos aparece como dignísimo gobernante y uomo qualunque que nos trajo las suecas. Bajo Franco, y eso es algo que el periódico de su digna dirección no tendrá empacho en reconocer, había películas de Fellini, de Ava Gardner y de Marlon Brando; digo yo que eso algo tendrá que ver. Bajo Franco, la juventud podía inventarse un pasado como luchadores contra un régimen despótico y atrabiliario, patentizando ante las siguientes generaciones la inconmensurable heroicidad que suponía y sigue suponiendo enfrentarse a unas instituciones supuestamente desconocedoras de los más elementales derechos del ser humano, arriesgarse al enclaustramiento en mazmorras ora gélidas como las aguas del Atlántico Norte, ora húmedas y asfixiantes como marisma en lo que la clasificación de Koppen llama zona tórrida, mazmorras tan exiguas de espacio que un lactante no pudiera extender su mano sin hallar la pared, tan oscuras que todo sujeto confinado en ellas diera en creer desde un principio que se ha quedado ciego, y aún esto, sin ser verdad en las etapas iniciales de su encierro, se acabase convirtiendo con toda seguridad en hecho cierto, pues bien sostienen los galenos que la retina se resiente al no recibir luz durante semanas y meses. Bien digo que nosotros nos podíamos presumir supervivientes de tan atroz régimen, incluso aunque nunca hubiéramos recorrido el negro itinerario de sus cloacas; yo mismo nunca lo he recorrido y presumo de ello, y usted, señor director, también, ya que ninguno de los que realmente estuvieron en tales túneles ha sobrevivido para contarlo, y si queda algún superviviente le hemos callado la boca para que no nos atormente con un relato mucho menos literario que el que a nosotros nos gusta referir, si bien incomparablemente más apegado a los hechos. Sabe usted, señor director, que ahora sería imposible filmar “La dolce vita” de Fellini, porque sus protagonistas están muertos o son ya ancianos, y los coches que aparecen en la película ya sólo se ven en museos del automóvil. Marcello Mastroianni es un fiambre, y el mismo Fellini cría malvas desde hace ya décadas. ¡Si hasta Anita Ekberg, que tanto onanismo provocó, tiene ya casi ochenta años! Esa es la decadencia a la que me refiero. El paso del tiempo nos cuartea inexorablemente, situándonos ante una desgarradora e irremisible decadencia. No sabemos qué quedará.

 

 

Carta al Director 613:

Señor director, he observado que últimamente, digamos hace ya como cuarenta y cinco años, la carne de pollo no presenta el sabor que otrora la hizo famosa entre lo más granado de los gourmets. No sabemos de dónde vienen los pollos; no sabemos quiénes son los pollos, ni nos importa. Nosotros, señor director, no somos de campo; nunca hemos visto un pollo, pues en ciudades donde impere el más elemental sentido de la civilidad es impensable toparse con un pollo, sea de granja o salvaje, cruzando un paso de cebra o adquiriendo un hebdomadario en una expendiduría de prensa. De esta suerte, señor director, nosotros hemos de confesarnos incapaces de distinguir un pollo de una vaca, fuera de lo que decían los libros de la escuela elemental, de los cuáles, válganos el Señor, ya no nos acordamos; contrariamente a lo que suele suponerse de quienes hace ya tiempo dejaron atrás sus años mozos, no proceden nuestros ancestros del medio rural, ni hay entre ellos agricultores, ganaderos, jornaleros, guardeses de finca o cazadores recolectores. Nosotros somos personas de selecta cuna, cuya estirpe lleva habitando la urbe desde tiempo inmemorial; podemos decir con orgullo que nuestros antepasados no se han manchado los pies de barro desde que hay baldeo callejero y limpieza pública si hacemos abstracción de las batidas de caza a las que a la sazón asistieron según la costumbre vigente en los círculos sociales que gustaban de frecuentar, batidas en las que huelga decir que no se cazaban pollos, pues hubieran constituido piezas de caza muy menor. Damos estas razones para que no se nos confunda con ecologistas ni grupos de amantes de las ciencias naturales interesados en las condiciones de vida de los pollos, las cuales, señor director, no nos llaman la atención lo más mínimo, porque imaginamos que los pollos se caracterizan por un repertorio de temas de conversación sumamente limitado, y hasta el más instruido de ellos ignora la relevancia histórica de Voltaire, Parménides o Menéndez y Pelayo (don Marcelino). Por eso nos los comemos. No ignoramos, en cambio, que su sabor ya no es el mismo que nuestros paladares disfrutaban en aquellos remotos días en que el incontrolable florecer de la juventud nos embriagaba. Y es que, señor director, no es igual el sabor de la carne cuando se sabe que ese deleite es regalo de Dios a nosotros solos, que el limpiabotas no lo disfruta, ni el chófer de autobús tampoco. ¿Qué podemos encontrar ahora que nos retrotraiga a aquella sensación de paladear la ambrosía de los clásicos? Cuesta encontrar hoy algo así en el supermercado, porque en general la comida que encontramos está a precios asequibles para un obrero de factoría. ¿Qué hemos de inventar, entonces? ¿Hemos de irnos a África con lanza y cazar rinocerontes? Somos ya muy mayores para eso, señor director. Zapatero, haz algo por una vez en tu vida.

Carta al Director 8334:

Señor director, he observado que últimamente, digamos hace ya como cinco años, la carne de pollo no presenta el sabor que otrora la hizo famosa entre lo más granado de los gourmets, porque las hormonas que antaño modificaban su gusto haciéndola más sabrosa han sido proscritas por una directiva europea en materia de salud alimentaria, al parecer transpuesta a la legislación española con inusitada e inconcebible celeridad. Norman Borlaug hubiera puesto el grito en el cielo ante este atropello a la libertad de elección de los consumidores, perpetrado en nombre de una supuesta necesidad de proteger la salud que nadie había invocado con anterioridad, porque a mí no me merece la pena vivir una vida donde los pollos no tienen sabor. No confundan los términos, señores políticos; nosotros no queremos pollos naturales, ni sanos; queremos pollos que sepan a algo. Por ejemplo, a chocolate con churros. O a pavo trufado. O a kétchup. O a mostaza. O incluso a pollo. Personalmente, por razones que no me extenderé en explicar aquí dada la restricción de espacio que el periódico de su digna dirección impone a las misivas a él dirigidas, prefiero que el pollo sepa a chocolate con churros, igual que también abogo por un pescado que sepa a chocolate con churros, unas patatas fritas que sepan a chocolate con churros o un arroz con langostinos que sepa a chocolate con churros. Qué le vamos a hacer, a mí es que el chocolate con churros me gusta mucho. Por tanto, emplazo a Zapatero a que por una vez en la vida haga algo a derechas  y me permita disfrutar del pollo como a mí me gusta: con sabor a chocolate con churros. Y si el clima tiene que cambiar para eso, pues se cambia, que total, en invierno en Madrid hace mucho frío.

 

Carta al Director 096:

Señor director, he observado que últimamente los perros defecan en la vía pública. No me pasa desapercibido el hecho de que la defecación perruna es un hecho relativamente nuevo, por cuanto en tiempos pretéritos no se veía ningún cagajón canino en la rúa, lo cual sin duda era debido a que antes los perros, si se me permite la expresión, no necesitaban hacer de vientre. En efecto: la idea de un perro dejando sus residuos en la calle, o en cualquier lugar si me apura, era tan inconcebible para los antiguos que ni Sócrates ni José María Pemán escribieron sobre ello. Los perros se caracterizaban por eliminar de modo interno sus propios restos intestinales, evitando con ello al amo perjuicios y molestias; si ello no hubiera sido así, sin duda el hombre de antaño hubiera preferido a la vaca como animal doméstico preferente, pues es más grande y da más leche. Nos debemos preguntar a qué se debe esta transformación de los perros en animales que, como nosotros, producen heces y a diferencia nuestra pero a semejanza de los turistas de la pérfida Albión las depositan en la vía pública. ¿Será culpa, como tantas otras cosas, del mal gobierno de Zapatero? ¿Será acaso imputable a las suripantas que por no tener otra cosa que hacer defienden unos supuestos derechos de las bestias, que ya muy certeramente negó Santo Tomás de Aquino hace tantos años que ya no me acuerdo? Alguien debe asumir responsabilidades por esta lamentable lacra, porque lo que es seguro es que a Franco no se le puede echar la culpa de esto. Y no vale lo de las palas para ir recogiendo las deposiciones en cuestión, pues, amén de asaz humillante para un varón enhiesto y bien plantado como el abajofirmante, esa inicua medida constituye un parche que no contribuye en nada a solucionar el problema real.

 

Carta al Director 001:

Señor director: He observado que últimamente cierta gente se empeña en escribir cartas al director del periódico de su digna dirección sin formar parte de la plantilla del mismo. Honda decepción e inconmensurable pesar nos produce eso a nosotros, los que entendemos las mañas del oficio periodístico según nos las enseñaron Julio Camba y Luis de Galinsoga en épocas más fecundas y broncíneas para las artes del gacetillero y el columnista. Pues estos jóvenes de ahora, que a guisa de antaño vienen quebrando estatuas y a guisa de antaño serán señalados justamente como los bárbaros que son cuando sus desenfrenadas actitudes sean puestas en contraste con la dignidad de sus mayores, osan redactar cartas al director sin que puedan presumir de experiencia en la faena de cronista a sueldo de cabecera matutina o vespertina. ¡Qué lejos, señor director, qué lejos quedan aquellos tiempos en que era el propio director del periódico la única persona con potestad para escribir cartas al director del periódico que dignamente dirigía! A muchos ya nos pareció un movimiento en falso, fruto de una voluntad de aggiornamento tan gratuita y estéril como el concilio Vaticano II, el que se permitiera que otros empleados del diario reemplazaran al director en esta obligación tan fundamental; fue aquello afrenta pareja a que la carga de la brigada ligera de Balaclava la hubiera ordenado un cabo furriel, y sí, ya sabemos que no fue una de las páginas más gloriosas de la historia militar de la pérfida Albión, pero la majestad y el prestigio de la jerarquía se conservaron sin mácula. Los años, que todo lo curan excepto la vejez, fueron diluyendo la impresión que nos produjo este sindiós, y ya abríamos diariamente el diario de su digna dirección dando por descontado que nos íbamos a encontrar cartas al director escritas por chusqueros del oficio reporteril, con lo que pasábamos las páginas con decisión hasta llegar a la necesaria crónica de la actualidad deportiva, siempre tan bien cubierta en el periódico de su digna dirección. Mas a la vuelta de la esquina nos esperaba otro Waterloo, quizá éste el definitivo: ¡cartas al director escritas por lectores no titulados en periodismo! Las propias formas sintácticas del castellano se rebelan contra este dislate; no encontramos palabras para calificar tamaño desatino, que cubrirá de vergüenza al periódico de su digna dirección en tanto no rectifique y cierre a cal y canto esa puerta abierta de par en par a la subversión y al criptomarxismo.

 

 

 

Carta al Director 002:

Señor director, he observado que últimamente la economía del país va de mal en peor. No se trabaja nada, no se produce nada, no se compra nada.

 

Carta al Director 227:

Señor director, he observado que últimamente el arte de hincarse de rodillas, del que tanto hablara Hemingway, se ha perdido en España a despecho de su reciente florecimiento en México y otros países de la América hispana. Ha de saber, señor director, que el arte de hincarse de rodillas no constituye un fenómeno meramente religioso; por tanto, su decadencia no puede achacarse a la progresiva secularización del país, en la cual no entro porque si entrara se me quedaría pequeño el espacio de esta sección, y aún del diario entero. El arte de hincarse de rodillas, señor director, va muriendo porque es incómodo; la manera canónica de hacerlo es con las rodillas desnudas sobre el suelo, y en los últimos años, como la juventud había dejado de llevar pantalones cortos, la ciencia de situar la rótula en el pavimento desnudo había ido cayendo progresivamente en desuso. No obstante, señor director, hay signos de esperanza, pues se aprecia que los adolescentes han recuperado el pantalón corto como pieza fundamental de su indumentaria, bien que dichos pantalones sean usualmente a cuadros.

Escriba usted todo lo que le apetezca