LA INVENCIÓN DE LA ZANAHORIA NARANJA
Tal y como se recoge en casi todos los innumerables apartados de esta magna muestra, ninguno de los fundadores de lo que hoy denominamos cultura occidental conoció la zanahoria tal y como en nuestros días nos viene a la mente; todos ellos, desde Maquiavelo a Voltaire, desde Parménides a Nietzsche, tuvieron asociada a dicha hortaliza una variedad cromática radicalmente diferente a la que hoy asociamos. Puede ser difícil de creer para muchos que las zanahorias devoradas en su momento por Alejandro Magno, Avicena o Thomas Mann fueran blancas como la leche de cabra o las paredes de las clínicas dentales, pero lo cierto es que nuestros abuelos, incluso nuestros padres, fueron testigos oculares de la existencia de unas zanahorias muy diferentes al cono anaranjado que nosotros acostumbramos a llamar “zanahoria”. Como hortaliza en constante proceso de evolución y mejoramiento, la zanahoria se reinventa periódicamente para ensanchar su lugar en el mercado y en el supermercado; en la sección “El futuro de la zanahoria. Perspectivas a corto plazo” de esta sublime muestra se puede leer una completa glosa de la ineludible realidad de la zanahoria en nuestra contemporaneidad. Lejos de conformarse con ser una solanácea estática o de refugiarse en el ya insuficiente y obsoleto prestigio chamánico de otras plantas relacionadas como el estramonio y el beleño, la zanahoria encara el futuro dotada de un admirable pulso renovador, en buena parte debido a la mutación cromática hacia el naranja lograda por el eminente genetista norteamericano Oswald Skinner, pionero de la biotecnología, en 1963.
La historia de este descubrimiento podría sintetizar en un plano metafórico el espíritu pionero y repleto de confianza en el futuro que ha hecho grande a América; era Oswald Skinner un prometedor estudiante de Genética Vegetal y Tecnología de los Alimentos en la Universidad de California-Los Ángeles cuando su departamento, dirigido en la época por el sobrevalorado biólogo británico B.F.J. Hutton (descubridor en su día de la incuestionable relación filogenética entre los leones y el árbol del caucho) recibió un suculento encargo de los supermercados K-Mart para transformar la clásica zanahoria blanca, que entre septiembre de 1961 y noviembre de 1962 había sufrido un descenso del 57% en sus ventas debido a la salvaje competencia del néctar de pomelo embotellado, en un producto que de nuevo llamase la atención de unos consumidores cada vez más sofisticados. Al parecer, F.Weinbrandt, presidente de la cadena de supermercados, sentía que la cadena rival Wal-Mart no podía seguir arrebatándoles cuota de mercado; de hecho, ya había amenazado con hacerse el harakiri si el beneficio neto de su grupo de empresas mermaba en más de un 0,13% y el de sus principales competidores aumentaba en un grado superior al 0,25%. Su incipiente departamento de márketing y publicidad se había percatado de que una zanahoria morada podía encajar mejor estéticamente con la disposición de la cocina tipo americana de entonces; los consumidores estaban hartos de apilar zanahorias blancas en sus verduleros, zanahorias que no hacían juego con ninguna otra verdura y proyectaban además sobre la cocina cierto aire de urgencias hospitalarias, desaprobado por un 87% de los clientes de K-Mart.
Consultado por la cadena minorista, el profesor Hutton desaconsejó rotundamente la transformación, pues el vetusto catedrático de Suffolk padecía de un absurdo idealismo de raigambre europea que lo convertía en un ser en extremo retrógrado y fundamentalista. Mas su audaz pupilo Skinner, ya ansioso por imbuir de aires frescos y nuevos al anquilosado departamento, aceptó con entusiasmo el desafío, y cuando por las noches cerraba la facultad se introducía en el edificio pertechado con una ganzúa y se aplicaba a frenéticas noches de ensayo y error hasta que, una vez hubo concluido que la zanahoria morada era un imposible metafísico, desarrolló una zanahoria naranja cruzando la zanahoria tradicional con licor de lagarto y cepas genéticas de avestruz hembra. Esta impresionante invención (y el favor de acudir durante un año a impartir sus clases vestido con una camiseta de K-Mart) le valió ser recompensado por la empresa con el premio Nobel de Química de 1979, que el viejo carcamal Hutton jamás obtuvo y que el dinámico y arrojado Skinner recibió de las manos de un agradecido presidente Weinbrandt, felizmente recuperado por fin de sus veleidades suicidas.

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