La portada de este genuino manifiesto situacionista, digno desde luego de los provos holandeses o de Luther Blissett, prefigura lo que vamos a encontrarnos buceando en sus páginas, a saber, una acumulación de desatinos que vuelve hiperbólicas las rectas y a las curvas las reduce a un punto; como Leonard Zelig o Ángel Acebes, esta gente ha llegado a la plenitud del sinsentido desde el ultraconformismo. Considérense por ejemplo frases como la siguiente: "...se ha celebrado en la octava, al coincidir con la Cumbre Europea, pero no ha sido óbice para restar brillantez a la misma"; los vecinos de los Bermejales, llamados a forjar una nueva civilización sobre las tierras que tantas décadas llevan hollando y en las que antes habitaron sus ancestros, han empezado por crear su propio argot, tan creativo como el verlan francés o el lunfardo argentino pero infinitamente menos inteligible. Siguen otras inenarrables muestras de oraciones de sintaxis libérrima y significado inverosímil que no mencionaremos aquí por estar a la vista de todo aquel que lea la presente portada; en todo caso, nos cuidaremos muy mucho de refrenar nuestros impulsos de manifestar nuestra perplejidad ante la siguiente frase, reveladora cual espejo de la psique de sus autores: "LOS NIÑOS Y JÓVENES, DISFRUTABAN CON LOS CACHARRITOS". ¿A qué edad empieza la juventud para esta gente? ¿A qué edad acaba? ¿Se hará realidad en Los Bermejales aquella secuencia de "Amanece que no es poco" en que los adultos se mecen en el tiovivo mientras unos niños comentan que hasta los veintinueve años no se les permite el acceso a los caballitos? Curioso barrio, a fe mía.

 

 

 

Un vecino opina, y su opinión nos abre una ventana al magma volcánico de sus meninges, con su mar de fondo embravecido por confusos vientos de ideas preconcebidas y mistificaciones mal entendidas y peor asimiladas. Erich Fromm y Wilhelm Reich (cuando estaba más o menos bien de la cabeza) hubieran considerado una joya antropológica las arremetidas de este sujeto contra todo el que se oponga a eliminar "la pobreza" (¿los pobres?) en un kilómetro a la redonda de su domicilio. El autor de estas líneas deja caer lo que entiende él por "que la pobreza desaparezca" cuando escribe "estos Centros, por los servicios que prestan o que puedan prestar en un futuro deben ubicarse a las afueras de la ciudad, y que habiliten autobuses especiales para el transporte de las personas necesitadas, dado el problema que pueden ocasionar a los vecinos". Si sustituimos "autobuses" por "trenes", ¿qué imagen conjura este párrafo? Luego se extrañará de que le motejen de "racista e insolidario", pues no habrá reparado en que en este caso no hay que tener tanto miedo a las palabras como a los conceptos que tras de ellas se parapetan.

 

 

"He percibido por primera vez, como se puede escribir sobre aquella guerra incivil del 36 con sentido conciliador". Dejando aparte los errores de sintaxis y ortografía, que en La Voz de los Bermejales son la regla y no la excepción hasta tal punto que cualquier lector asiduo corre el peligro de encallecerse tanto al respecto que acabe sin inmutarse en leyendo la preposición "a" escrita con hache, es realmente notable el éxito cosechado por la propaganda derechista "con sentido conciliador" que por todos los medios ha intentado equiparar moralmente fascismo con antifascismo sobre la equívoca base de que las dos partes contendientes en la guerra civil tenían su parte de razón, o de sinrazón . "No existen batallas, ni bandos, ni antípodas humanas"; se ve que en aquel entonces todos debían de estar de acuerdo en que la espada flamígera de Franco, heredera de la del Cid, aherrojase a la Antiespaña y exterminase a la escoria atea, comunista y librepensadora que mancillaba el sagrado suelo patrio con sus ponzoñosas ideas colectivistas y mefistofélicas, pues no otro era el programa de uno de los dos bandos, que por cierto no buscaba "muchos votos". De hecho, les daba igual tener muchos votos que pocos o ninguno; un totalitarismo basado en el culto a la personalidad no suele preocuparse mucho por ese tipo de cosas. Tristemente, semejantes atentados contra la memoria de quienes en "aquella guerra incivil del 36" se dejaron literalmente la piel en defensa de los derechos humanos, la justicia social y las libertades públicas se repiten un día tras otro en este país artificialmente desmemoriado porque a algunos no les interesa que se sepa hasta dónde pueden llegar con tal de mantener sus privilegios. En todo caso, lo que tenemos aquí no es otra cosa que una vindicación solapada de la dignidad de ciertas ideas de triste recuerdo en Europa, que casa muy bien con las tesis de I.O.A. en su célebre artículo "Los vecinos opinan". Si esto no es dadaísmo maternal xenófobo, que venga Tristan Tzara y lo vea.